Sin crédito y sin tarjeta – CIEN – Centro de Investigaciones Económicas Nacionales
10/11/2015

Sin crédito y sin tarjeta

Si los usuarios de tarjeta de crédito se pusieran a pensar acerca del tipo de instrumento financiero que tienen en sus manos, fácilmente se darían cuenta de las diferencias entre este tipo de crédito y las demás opciones disponibles en el mercado. Formalmente hablando, el crédito por medio de tarjeta consiste en una línea de crédito abierta, revolvente y fiduciaria. Es decir, no se necesita solicitar una nueva línea de crédito cada vez que se utiliza la tarjeta, ya que con pagar el saldo pendiente dentro del plazo estipulado se puede volver a utilizar el límite autorizado originalmente, sin necesidad de incurrir en los costos que conllevaría la renovación de la línea de crédito. Además, al usuario de tarjeta de crédito no se le exige ningún tipo de garantía colateral para respaldar el crédito.

Estas características no se obtienen en otro tipo de instrumentos financieros disponibles en el mercado, razón por la cual el uso de este instrumento facilita la democratización del crédito. Es decir, la ampliación del acceso a instrumentos financieros a estratos sociales y grupos poblacionales que han permanecido fuera de los mercados financieros formales y que se ven forzados a utilizar los costosos y riesgosos mecanismos tradicionales de financiamiento. Equivocadamente se ha creído que esta democratización del crédito conlleva un aumento de las deudas incobrables y los fraudes al permitir que tengan acceso a la tarjeta a personas que podrían no estar conscientes de lo que hacen o no entender las condiciones de este tipo de crédito. Sin embargo, la evidencia demuestra que estos dos tipos de fenómenos están más vinculados a las fluctuaciones en el empleo y el ciclo económico que a un uso indebido del instrumento.

Según datos de la Superintendencia de Bancos, en 2013 el porcentaje de cartera vencida en la cartera de préstamos de los emisores de tarjetas era relativamente mayor al del sistema bancario, pero aún así menor al tres por ciento de toda la totalidad de la cartera. Una cifra que, de tratarse del sistema bancario, nadie en su sano juicio trataría de rectificar por medio la regulación máxima a las tasas de interés del sistema que el sistema puede cobrar. Una cifra que, a decir verdad, tampoco refleja la existencia de un problema de magnitudes insalvables que requiera acción alguna del Estado, mucho menos fijar la tasa de interés máxima que puede cobrarse por el crédito mediante tarjeta. Mucho menos fijar dicha tasa en función de las tasas del sistema bancario ya que las características básicas de los productos financieros son diferentes; los riesgos asociados a un crédito con tarjeta son mucho mayores a los riesgos de un préstamo bancario; la estructura de costos de operación de un banco son muy distintos a los de un emisor de tarjetas de crédito; etcétera. No existe fórmula económica o técnica que permita establecer cuántas veces mayor deba ser la tasa de las tarjetas de crédito respecto de las tasas de interés de los préstamos bancarios.

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