23/02/2016

SAT: Despacio que llevo prisa

Ninguno de los problemas que hoy aquejan a la SAT es algo nuevo, todos ellos habían sido ya plenamente identificados desde hace muchos años atrás. A excepción de una o dos honrosa excepciones, durante los últimos quince años, poco o nada se hizo para resolver estos problemas de manera definitiva. Ahora que la situación de crisis crónica alcanza proporciones descomunales se adopta una posición reactiva que difícilmente podrá llenar el vacío de todo lo que se dejó de hacer a lo largo de los últimos años. Como si se tratara del típico ejemplo de libro de texto sobre gestión reactiva, durante muchos años no hubo mucho interés en reformar el statu quo, se ignoraron los problemas, se dejaron pasar importantes oportunidades y, finalmente, se reacciona hasta que los problemas resultan inmanejables.

Se ha tenido que llegar a una situación extrema en el funcionamiento de la SAT para que reaccionen los responsables máximos de la conducción de las finanzas públicas nacionales. Reacción que no necesariamente proviene de un adecuado proceso de reflexión y planificación, en donde se hubiera previsto la crisis y anticipado las medidas correctivas necesarias. De esa cuenta, el destino no lo quiera, es bastante probable que propuestas de cambio tipo “apaga fuegos” terminen provocando ajetreados, desgastantes e inefectivos procesos de reforma que no logran sus objetivos. La historia reciente de las finanzas públicas nacionales está llena de reformas casuísticas que han sido producto de la actitud reactiva de los autoridades de turno frente a problemas que no pudieron anticipar y que terminan demandando una solución inmediata. Esta actitud de reforma por crisis provoca que se pierda de vista la necesidad de reformas integrales que modifiquen la
forma en que funciona el sistema que presenta los problemas.

En lugar de rediseñar los sistemas que tienen problemas, de manera que estos se disuelvan, desaparezcan, de una vez por todas, se recurre a reformas parciales, confeccionadas a la medida, que no cambian en nada las tensiones, conflictos de interés y disfuncionalidad del sistema que se pretende reformar. De esa cuenta, pretender resolver los problemas de tráfico de influencias, corrupción, discrecionalidad, malos manejos, deficiencias administrativas, mafias, opacidad e inefectividad dentro de la SAT con reformas parciales exprés a la institucionalidad existente resulta una apuesta muy riesgosa para el futuro del país. La gravedad del asunto demanda un profundo análisis y reflexión de las causas últimas detrás de los problemas y las múltiples interrelaciones entre las distintas variables en juego. En momentos como estos es imprescindible escuchar el consejo del emperador romano: “caminad despacio si queréis llegar antes a un trabajo bien hecho”. No por dotar rápidamente a la SAT de una nueva estructura institucional desaparecerán los problemas existentes.

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