¿Nos podemos entender? – CIEN – Centro de Investigaciones Económicas Nacionales
08/05/2018

¿Nos podemos entender?

Ojalá no sea demasiado tarde para reconocer, nuevamente, la importancia de buscar soluciones pacíficas y productivas a nuestros diferendos.

 

08 de mayo del 2018

Escrito Por: Hugo Maul R.

Hace catorce años exactamente, cuando todavía soplaban con alguna fuerza los vientos de paz derivados del fin del conflicto armado, cuando todavía existía cierto deseo por resolver las diferencias de manera respetuosa, cuando muchos creían todavía que el diálogo era un ejercicio importante de construcción de ciudadanía, se hacía en este mismo espacio una reflexión acerca de lo difícil que resultaba este ejercicio en la Guatemala de ese entonces. Hoy en día, con la proliferación de los nuevos medios electrónicos de comunicación y el vasto uso de las “redes sociales”, lo que antes parecía complicado ahora raya casi en lo imposible. La limitada capacidad de diálogo de aquel entonces parece haber desaparecido por completo en la actualidad. Lo que es más grave, juzgando a partir del tipo de mensajes a los que un guatemalteco promedio con un teléfono inteligente está expuesto todos los días promedio, es el gradual abandono de los participantes en estas discusiones en la observancia de un conjunto mínimo de normas de conducta que deberían regir el debate: no mentir; no recurrir a la violencia física o verbal; no burlarse de quienes piensan distinto; poner atención; cooperar; dejar que el otro se exprese; ser de mente abierta, y; explicar nuestras ideas si nos lo piden.

Esta “ética del discurso”, como diría J. Habermas, el afamado filósofo alemán, parece haberse perdido en los tiempos actuales. En lugar de debate respetuoso proliferan los ataques personales, burlas e insultos. Rara vez se discute el fondo de los temas: de ocurrencias, uso de slogans y o repetición de clichés no se pasa. Los que piensan de una determinada manera descartan, a priori, cualquier idea que pueda provenir del lado contrario. Lo único que interesa a cada una de las partes involucradas en el intercambio es imponer “su propia verdad”; tan polarizado clima de discusión no solo impide la construcción de un diálogo racional, pacífico y civilizado, sino también evita que afloren en el debate posiciones intermedias, técnicas e independientes que permitan descubrir caminos alternos. Muchos de quienes no comparten las posturas extremas prefieren alejarse del debate antes de ser víctimas de críticas destructivas y escarnio por parte de los defensores a ultranza de posiciones extremas.

Sería muy triste reconocer que las palabras de Ernesto Cardenal, el poeta nicaragüense, opinando en torno a la imposibilidad de comunicarse con Ortega, terminen por convertirse en una adecuada descripción del sentir actual de todos: “El diálogo no tiene sentido porque el diálogo es para entenderse, y nosotros no nos podemos entender”. Ojalá no sea demasiado tarde para reconocer, nuevamente, la importancia de buscar soluciones pacíficas y productivas a nuestros diferendos. Si bien, según parece, no se ha llegado a un punto de no retorno, en la medida que siga degradándose la efectividad y validez de la “opción de la voz”, estirando el término usado por Hirshman, llegará el momento en que el único camino posible sea el irrespeto, la intimidación y la violencia.

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