21/07/2015

No basta con la indignación

No basta con la indignación contra funcionarios públicos y políticos por sus abusos de poder, corrupción, mentiras y favoritismos. Si bien es importante la intolerancia hacia estos hechos, es preciso que cada persona en lo individual, en su entorno de familia y de trabajo y con sus vecinos renuncie a comportarse de manera parecida en asuntos de menor envergadura. No vale indignarse por los abusos de poder mientras en lo individual se sigue buscando cómo “salirse con la suya”; no basta con criticar el tráfico de influencias si en lo privado se piden favores a personas en posiciones de autoridad para uno “ahorrarse molestias”; no basta con criticar la corrupción si en las asuntos cotidianos cada quien pretende “aprovecharse de las circunstancias”. Una ciudadanía responsable requiere, como mínimo, la estricta observancia de las normas básicas de conducta; en cierto sentido, los grandes males que tanto molestan hoy a la ciudadanía tienen una raíz en el comportamiento individual de millones de personas que no respetan la ley, las costumbres o las normas básicas de comportamiento. Los altos funcionarios y políticos que hoy están en el ojo del huracán hicieron exactamente lo que hacen muchos todos los días: “pasarse de listos”.

Al final de cuentas, el desarrollo económico y social que tanto se anhela no depende únicamente de la honestidad y capacidad del Presidente, de la idoneidad y honradez de los diputados o de las virtudes e independencia de los jueces. Todo esto viene por añadidura cuando la ciudadanía, en el pleno ejercicio de sus derechos y deberes, se compromete y participa activamente en la vida política del país y cuando, sobre todo, cada quien se compromete a comportarse de manera responsable, respetando la ley y las normas básicas de conducta, siendo honesto y estando dispuesto a cooperar con los demás para la resolución de los múltiples problemas que nos aquejan. Como bien dice Savater, “el concepto de ciudadanía es más bien el de aquellos que entran en la democracia sin renunciar a sus raíces y a sus tradiciones, poniéndolas como entre paréntesis, dejándolas, en principio, a un lado para intervenir en lo que tienen en común con otros. Lo específico del ciudadano no es reivindicar lo propio en el sentido de lo único, de lo que uno tiene y nadie más tiene, sino al contrario, buscar lo común con los otros, mientras que la mentalidad tribal etnicista busca lo propio, por lo tanto lo intransferible”.

Aunque los políticos, las instituciones de Gobierno y las políticas públicas son importantes para el buen funcionamiento del país, es a los ciudadanos a quienes corresponde, finalmente, luchar por el país con el que sueñan. De lo contrario, mágicamente no va a suceder nada. Los buenos gobernantes no van a aparecer por creación espontánea. Los ciudadanos deben involucrarse; es necesario superar la indiferencia, envidia y desconfianza que ha caracterizado durante mucho tiempo el ejercicio de la ciudadanía en Guatemala. Una mejor Guatemala para todos es una decisión que está en manos de los propios ciudadanos.

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