27/10/2020

Necesario optimismo realista

Escrito por: Hugo Maul Rivas

Guatemala, 27 de octubre del 2020

Casi ochos meses después que empezaron a tomarse las medidas para combatir el COVID-19, resulta totalmente comprensible cierto nivel de cansancio por parte de muchas personas alrededor del mundo. Este grado de frustración por parte de la población ha llegado a provocar actos violentos y de desobediencia en contra de las medidas y de los Gobiernos que las imponen. Una situación preocupante de cara a una inminente segunda ola de contagios alrededor del mundo que, como se ve en estos momentos, está obligando a los Gobiernos de los países europeos a retomar algunas de las medidas restrictivas utilizadas a principios de año. Si bien una actitud generalizada de desobediencia civil en contra de las medidas restrictivas complicaría en extremo el combate contra una segunda ola de contagios, no se diga si tal tipo de oposición se torna violenta y es utilizada con fines políticos por grupos radicales, no hace falta llegar a tales extremos para que el rebrote de la enfermedad se salga de control y resulte mucho más grave que a principios de año. Basta con que personas perfectamente conscientes de los riesgos de un rebrote, e incluso no interesadas en disputar la legitimidad de las medidas de restricción, bajen la guardia en sus cuidados personales para que la segunda ola de contagios se convierta en una realidad.

La combinación entre la naturaleza optimista de los seres humanos con cierto hartazgo para con las medidas de seguridad puede terminar provocando resultados indeseados en términos de la propagación de la enfermedad. El sesgo cognitivo del optimismo se caracteriza por la actitud individual de subestimar de manera significativa y sistemática las probabilidades de eventos negativos, a la vez que se sobreestiman las probabilidades de eventos positivos. En relación al riesgo de contagio del COVID-19, este exceso de optimismo se traduce en actitudes y creencias como estas: “las medidas adoptadas son exageradas; la enfermedad no es tan grave; es poco probable que me contagie y si eso llegara a suceder seguramente mi caso sería leve; si ya pasaron más de siete meses y no me contagié, menos probable que salga contagiado ahora; las personas a quienes conozco bien no representan un peligro en términos de riesgo de contagio; las reuniones privadas de pocas personas y responsables no representan riesgo alguno”. Si a este efecto “gafas de color rosa”, que según la psicología, neurociencia y economía del comportamiento todos los seres humanos tienen incorporadas desde que nacen, se le suma el efecto “cansancio” en relación a las medidas obligatorias de prevención, una segunda ola de contagios parecería ser inevitable, salvo que se tome conciencia que buena parte del optimismo existente muy probablemente no tiene base real alguna.

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