26/01/2016

Devaluación: historia repetida

En la clasificación usual de las fluctuaciones económicas se habla, entre otros, de los ciclos de Kondratief, que duran entre 50 y 60 años; las oscilaciones de Kusnetz, que duran entre 15 y 25 años; los ciclos de inventarios, que duran entre tres y cinco años. Si la experiencia guatemalteca contara para esta clasificación, habría que añadir el ciclo de la “urgencia de devaluación”, que parece repetirse cada dos años, repitiéndose cada vez los mismos argumentos de siempre: los exportadores reclamando que el nivel de tipo de cambio del momento les resta competitividad en los mercados internacionales, sobre todo cuando países competidores, como México, experimentan importantes devaluaciones de sus monedas; los importadores, por su lado, quejándose que, de no ser por la constante intervención del banco central acumulando reservas internacionales, el tipo de cambio sería mucho menor al que prevalece en ese momento; el banco central, por su parte, defendiéndose aduciendo que sus intervenciones en el mercado cambiario no son significativas y van dirigidas a reducir la volatilidad, más que a modificar la tendencia del tipo de cambio.

Posturas muy difíciles de conciliar ya que, en principio, cada una de ellas tiene cierto tipo de validez, pero que en el fondo pasan por alto el hecho que no se puede hablar del tipo de cambio sin hacer referencia a la estructura económica subyacente de la cual es producto. En ese sentido, el tipo de cambio no es más que una especie de “termómetro” que resume las condiciones económicas existentes, las expectativas futuras sobre las mismas, las productividades, rentabilidades y costos relativos entre distintos sectores de la economía y la sostenibilidad a lo largo del tiempo de las cuentas externas del país y las condiciones internas de empleo. Pensar que una “corrección” cambiaria puede resolver los problemas fundamentales de la economía nacional, equivaldría a pensar que basta con cambiar de termómetro o restarle 5°C a la medición registrada para que desaparezca una fiebre de 42°C en una persona que sufre de una grave infección.

En todo caso, dado que el ciclo de la “urgencia de devaluación” parece estar cobrando fuerza, es importante que la discusión no se centre únicamente en el supuesto valor que debería tener el tipo de cambio, cuestión casi imposible de saber a ciencia cierta; en la “mejora” del sistema cambiario, como si cambiar el termómetro fuera a hacer desaparecer la fiebre, o; en la forma óptima de intervención en el mercado cambiario, como si se tuviera un control central en donde se modulan las variables económicas. Caer en este tipo de discusión sería repetir los costosos errores que se cometen cuando se habla de inflación, gasto público, impuestos, salarios mínimos y tasas de interés como si se tratara de variables desconectadas del resto de la estructura económica. Costosísimo error que, en buena parte, es responsable de la estructura subyacente de la cual todos se quejan.

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